Recuerdo que hace unos meses atrás le había dado vuelta al concepto del amor líquido en este blog, a este afán instrumentalizador del otro en pro del deseo – preferencia del momento, y que (por estar circunscrito precisamente a un “instante”) fácilmente se desvanecía en las historias personales de los sujetos involucrados.
Y parece que cometí un error. El cual entiendo como haber conceptualizado este uso del otro solamente vinculado a la relación de pareja.
Pues cuando vemos que el otro pasa a ser visto como un objeto, no lo vinculamos solamente a un tema sentimental o de amor; podemos verlo en las relaciones más cotidianas y banales de nuestro día a día.
El posicionamiento estratégico en el ámbito laboral, el tecnicismo en el cual centramos nuestro modelo de educación e, incluso, el oportunismo sobre el cual construimos nuestras amistades nos da (espero) para reflexionar en cuanto a cómo nos posicionamos frente a la necesidad del otro.
Esto entendiendo que, usualmente, solemos ir reproduciendo un modelo enfocado en la conveniencia, donde la afinidad, lo compartido y lo colaborativo, se pierde en medio de decisiones que nos hacen justificar el por qué mantenemos ciertas dinámicas que sabemos no son sanas.
¿Cuántas veces hemos cuestionado una amistad por la falta de un llamado o unas líneas?
¿Cuántas veces hemos privilegiado decidir solos por sobre la oportunidad de decidir con-el-otro en una relación?
¿Cuántas ocasiones hemos responsabilizado de un vínculo desgastado al otro, al que no aparece, el que trabaja, a quien tiene poco tiempo producto de su jornada laboral, etc.?
Podríamos dar vueltas varias horas a este asunto, mas creo que aún no estamos en momento de poder conseguir un cambio ampliamente significativo… pero si al terminar de leer estas líneas te das cuenta que estás/has estado esperando una llamada que finalmente nunca se concreta, sé que me entenderás.
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